El periplo de las fantasías.

El periplo de las fantasias.
 

Solo somos lo que hacemos, nada más.

¡Qué bonito es Panamá!

Cuento infantil de Janosch.

Había una vez un pequeño oso y un pequeño tigre, vivían en una linda cabañita en el río cerca de un gran árbol.
Entonces un día, una caja de madera llego flotando en el río, y el oso dijo:
Huele a bananas. Esta caja viene de Panamá y todo el país huele a bananas. ¡Panamá es la tierra de mis sueños!
El oso le dijo al tigre: ¡Panamá es la tierra de nuestros sueños, debemos irnos a Panamá mañana! ¿Qué dices tigre?
Entonces el oso y el tigre emprendieron el viaje en la búsqueda de Panamá.
Pero antes de partir dijeron: para encontrar nuestro camino necesitamos una señal y clavaron una señal, en el pasto, que decía Panamá.
Se encontraron muchos animales en el camino y a cada uno le decían: ¡Estamos en camino a Panamá donde todo es bello y mucho más grande! Y les preguntaban el camino a Panamá.
Pero nadie conocía el rumbo correcto, así que empezaron, sin darse cuenta, a caminar en círculos.
De repente vieron una cuerva y el oso le pregunto a la cuerva el camino a Panamá.
La cuerva les dijo yo les puedo mostrar el camino.
La cuerva voló a la rama de un gran árbol y siguió más y más alto. Y con sus alas señaló a todos lados.
Y se dijeron: ¡Ahí debe ser Panamá!
Después de un rato llegaron a una señal que estaba en el pasto y decía Panamá.
Y exclamaron: ¡Estamos en Panamá! La tierra de nuestros sueños.
Y ahí vieron Una magnifica, bella y hermosa casa con chimenea. Es la más hermosa casa en todo el mundo.
Sin darse cuenta que era su hogar, el cual no reconocieron por el pasto crecido y el abandono.
Y se preguntaron:
¿Fuimos afortunados por haber encontrado nuestro camino a Panamá?
¡Sí! Este es el lugar más bello de todo el mundo¡
Fin del cuento.



Nuestro presente lo vamos creando con base en nuestra percepción y nuestra interpretación del entorno. Somos almas llenas de subjetividad que vamos aprendiendo a crear y reafirmar el paisaje en el cual creemos estar viviendo. Y nos encontramos en la lucha constante de transformar la realidad, ya que no corresponde a lo que añoramos, a lo que no tenemos, a lo que deseamos que sea. Y nos “brindamos” a nosotros mismos “la oportunidad” de mejorar nuestro presente, de teñirlo de los mejores colores, de hacer de él una búsqueda continua que nos absorbe y nuevamente nos enmascara el presente.

Cuando nos alimentamos de algo que nos quita la vitalidad, que nos disfraza la realidad, no hay otro destino que crear mundos incomprensibles y fuera de nuestro hábitat natural. Y así entramos en la empresa cotidiana de tratar de extraer algo del absurdo colectivo, de nuestro absurdo personal. Sin embargo, persistimos en nuestro intento de abonar con inopia el terreno de nuestro presente, sellando un destino y un fin sin opción. La afinidad por nuestros deseos más profundos, nos deja fuera de cualquier evaluación y nos evita llegar hasta el fin, hasta el límite y eso nos condena a quedarnos invariablemente en la parcialidad, la parcialidad de un mundo donde la insatisfacción, la frustración o la culpa, modera nuestros sufrimientos del presente y crea una nueva huella en ese paisaje de la falsa realidad. Y el perverso camino de la desorientación se prolonga hacia puntos de riesgo, donde la pérdida de la objetividad se convierte en un riesgo en sí mismo para sufrir y para mermar la voluntad.

La responsabilidad es un contrato con nosotros mismos, un contrato inscrito en un nosotros, donde la generación de ideas, de sentimientos, se comparte con nuestros semejantes, que se encuentran en su propia realidad y así forjamos un mundo de dos, donde dos psiques que no se conocían y ahora se robustecen. La imaginación, la observación de nuestro entorno, requiere de una búsqueda y de una vida interior, donde se permita el paso a la sensibilidad y la fuerza para no perder ningún contrapeso que ayude a enfrentar los destellos de la realidad que se asomen ante nosotros. Contrapesos que nos sirvan de anclas para ir construyendo hombres de ideales que aviven la sensibilidad dormida y la devoción.

Pintar el paisaje de acuerdo a nuestro estado de ánimo puede liberar el ahogo y la tensión que nos asfixia. Pero tocar con fuerza lo que no debería de haber muerto dentro de nosotros, nos puede mostrar los sótanos húmedos donde abandonamos nuestros miedos. En el fondo todo es una lucha por seguir explorando quiénes somos, guiados por las indicaciones no escritas de la experiencia y del simplemente vivir para experimentar. Cuándo se siente el peso de la responsabilidad de la libertad, caminamos en la línea delgada del reconocimiento del dolor, donde los recuerdos nos golpean como fieras, y las preguntas y las respuestas se atropellan entre sí. Y el dolor nos hace insoportable la soledad, buscando entre multitudes, un alivio falso. El verdadero reto de nuestro conocimiento interno implica bajar a los infiernos de la verdad, ya que no adorar a los muertos, es no adorar a los huidos, un recuerdo muerto no es solo un recuerdo. La descalificación de los deseos, de las fantasías, la cosificación de nuestro contexto de vida, solo nos conduce a la obediencia, a aprender, a obedecer y a vivir con la falta de independencia que nos derroté en toda batalla tendiente a la búsqueda de la soberanía personal.

La voluntad de obtener una vida interior, nos pone en la mira de estar vigentes, mostrar sin pudor todo lo que se siente en cada una de nuestras acciones, en cada uno de nuestros deseos acompañados de un sencillo actuar. Somos simples humanos deseando ser, deseando encontrar, deseando amar.