Fuerza de vida.



decisiones


Despegamos con una pregunta, con cientos de preguntas, pero en pocas ocasiones aterrizamos con respuestas y podemos perdurar en un vuelo infinito sin conocer el rumbo y sin encontrar el destino. Tratamos de conservar la pasión que pueda alimentar la fuerza de voluntad que nos ayude a alcanzar un fin. Sin embargo poco a poco vamos olvidando que volamos, que teníamos un fin, que existía una fuerza atrás de nuestra vida. Transitamos por caminos conocidos, repitiendo una y otra vez la escena, sin percatarnos que el sol se ha puesto y que la noche no ayudará.

Estamos convencidos de que el esfuerzo es un motor productivo, estamos convencidos de que agotar nuestra energía dará todo de nosotros y forzosamente obtendremos una recompensa, una respuesta. No nos percatamos que también hay caminos sin salida y esfuerzos vacios. Creemos que todo conduce a algún lugar y que al derrochar más esfuerzo, nuestro destino será más lejano.

¿Qué acaso Sísifo no fue condenado a derrochar su energía en una tarea inútil? Empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de alcanzar la cima, la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez. ¿Cuántas veces nos hemos convertido en enormes Sísifos condenados a lo absurdo? ¿Cuántas veces creímos que simplemente el esfuerzo nos conduciría a algún lugar?

Cada uno de nosotros somos responsables de nuestro destino y de nuestro provenir. Cada uno de nosotros debemos de construir y moldear nuestra vida. Pero la pregunta central es: ¿Cómo podemos asegurar que nuestro esfuerzo será productivo, que nuestro esfuerzo sí alcanzará nuestra voluntad y tocará nuestra escancia? ¿Cómo podremos despejar nuestra vista para llegar a la satisfacción de invertir el esfuerzo en una vida de lo posible?

El rescate de nuestro camino está en el aprendizaje, todos podemos aprender, todos tenemos la oportunidad de impactar positivamente en nuestro destino si tomamos la enseñanza, por simple que sea, que la vida nos brinda. Cada momento de nuestra existencia es la oportunidad para aprender de nosotros mismos, para aprender de los que nos rodean. Solo unos ojos ávidos de aprendizaje, ávidos de libertad, podrán atrapar todas esas enseñanzas para digerirlas hasta obtener el nutriente que nos transformará. Nuestro aprendizaje debería de estar dirigido en el ámbito de lo posible, de lo real, de las metas alcanzables y de los sueños terrenales.

Debemos afanarnos en aprender de nuestros errores, de no lamentarlos, de atesorarlos para no repetir su amargo sabor y poder dominar el arte de superarnos a nosotros mismos. Los errores son lo más costoso, pero más costoso aún, es cometer errores sin cambio, errores que nos dejen varados en el mismo lugar. No aprender nada de ellos, nos condena a ser hombres absurdos, hombres con fugas de energía, hombres sin sentido real.

Nuestra lucha y nuestro esfuerzo solo puede obedecer a una preocupación genuina de cambio. Solo puede existir un cambio con una actitud de lucha y solo puede lucharse con la alegría y la abundancia de nuestra voluntad. Nada es tan grande como la decisión de cambio y el esfuerzo conducido por la enseñanza. Nada es tan grande como el coraje de tomar el cambio como premisa de vida. Nada es tan grande como reconocer que la vida es real, que la vida es seria y que toda nuestra vida merece la abundancia de una búsqueda y la oportunidad de cambiar. Nada es más grande que vivir en un mundo real, un mundo de alegría y un mundo lleno de voluntad.