Las decisiones que nos hacen auténticos.

decisiones
 

Hamlet.

Fragmento.
¿No es increíble que ese actor, fingiendo una emoción, con
pasión imaginada, ponga tanta alma y vida
en su ejecución, que su rostro palidezca,
se le salten las lágrimas, su expresión refleje
inmenso dolor, la voz se le estrangule
y su figura toda se amolde tan perfectamente al papel?
Y todo ello... sin motivo alguno.
¡A causa de Hécuba! Pero ¿Quién es
Hécuba para él o quién es él para
Hécuba? ¿Por qué ha de llorar por ella?
¿Qué no haría este actor si tuviese la razón y el motivo que
yo tengo para dejarse llevar por la emoción?
Anegaría el tablado con su llanto y escandalizaría los oídos
del público con un discurso que causaría
horror y admiración: el culpable enloquecería de remordimiento,
el inocente se espantaría y el ignorante quedaría atónito.




Las reglas de la honestidad son bellas en sí cuando se tiene en cuenta el amor a sí mismo, pero cuando se vive con la relativa simplicidad del momento y solo se tiene la ley de la inmediatez, de lo prescindible o de lo aparentemente urgente, se cancela un momento de vida arropada de una parodia de sí mismo. Cuando hemos tenido un espacio de originalidad personal, nos sentimos genuinos y tocados por fuerzas que no conocíamos; podemos experimentar las fuerzas de la honestidad en privado, con miedo, con escepticismo o con incredulidad, pero nunca nos serán indiferentes y nunca olvidaremos las delicias de ese sabor de lo que deseamos y de lo que erigimos, de lo que creímos merecer y de lo que conquistamos.

Los humanos, en nuestra naturaleza, tenemos como regla de comportamiento la búsqueda de islas empáticas en medio de un océano de diferencias; sin conocer el fondo, sin conocer la genuina coincidencia, solo nos importa la forma y eso nos endulza la mente, nos hace sentir la mirada y nos halaga la piel. La búsqueda de imágenes de semejanza es una obsesión que nos rebasa y nos confunde, nos mueve a pesar de auto vejaciones, a pesar de la indigencia de nuestra esencia, a pesar de carecer de toda sinceridad. Cuando la búsqueda de esas islas nos hace perder la discreción y la compostura, nos mueve un frenesí inquietante que nos pierde y que nos convierte en la emulación de lo que nuestras fantasías han enramado en nuestra mente.

La honestidad de conducirnos de acuerdo a nuestra esencia no es tarea natural cuando estamos atrapados en medio de un vaivén de péndulo, donde la aprobación o desaprobación de los otros nos dirigen con su fuerza, con su velocidad, con su temporalidad. Podemos adaptar nuestra conducta, nuestros valores y nuestros sentimientos de culpa a la circunstancia que vivimos, somos flexibles y nos adaptamos, somos prácticos y determinados. La ocasión nos hace, ¿Cómo perder una oportunidad de mimetizarnos de acuerdo a la luz de la circunstancia? ¿Cómo definir una forma y una esencia si el mundo puede hacerse cada vez más pequeño? ¿Cómo ufanarnos de reducir nuestro mundo a una alma legítima y entregada que se encuentre en compañía de nuestro ser?

Podemos ser maestros de la actuación, convenciendo a diestra y siniestra, convenciéndonos a nosotros mismos con tal de no experimentar el miedo a vivir. El miedo a emprender viajes con pasiones naturales, con arrojos incalculables, con emociones sencillas nacidas de una dignidad innata del querer ser. Podemos acarrear historias compradas en un tren lleno de dolor por lo que nunca hemos tenido, por lo que nunca hemos sido, por lo que nunca hemos vivido. Podemos llorar la vida presente, por no ser la maravilla de experiencia que alguna vez vivimos. Podemos injuriar nuestro “destino”, nuestro camino, por no encenderse con el máximo esplendor que se enciende el camino de los que nos rodean. A cada paso lloramos la nueva presencia porque todo y nada da el mismo significado. A cada paso evitamos el dolor, la frustración y el oprobio, vistiendo ideas, fantasías, modelos y experiencias ajenas, llenas de representaciones carentes de intensidad.

El dolor puede ser permanente cuando la soga que nos ata a la vida se aprieta y la indiferencia que tanto rehuimos crepita en el ambiente. Nos adentramos en una mezcla de emociones que nos orillan a olvidar quién somos y quién deseamos ser. Cuando nos encontramos sin que nadie nos asista, la disyuntiva es definitiva: seguir bañados de disfraces y capelos o afrontar la necesidad de una caricia nacida del interior de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestro ser, que discurra con fuerza para mostrar lo que somos y lo que podemos entregar. Mostrar lo que hemos pretendido no es merito, cuando hemos escondido todo. Mostrar nuestros deseos, cumple con la sensatez de quien derrocha esplendores sin mordazas y sin tiempo.

Y la vida sigue y sigue. Y nosotros poseemos la insoportable voz que nos pregunta: ¿Qué historia has vivido? ¿Qué historia vivirás? ¿Cuánta pasión reúnes en tus propias complacencias? ¿Cuánta pasión eres capaz de dar? Y del silencio que no hablamos, nace una pregunta que se oculta. ¿Cómo anclar permanentemente la felicidad del vivir, del sentir y del dar con naturalidad? ¿Cómo tomar las decisiones que nos hacen auténticos y actuar llenos de furor? Y lograr que con solo ser auténticos el culpable enloquezca de remordimiento, el inocente se espante y el ignorante quede atónito. ¿Cómo tomar decisiones que muestren nuestra intima verdad?