Lo esencial es invisible a los ojos.

Solo somos lo que hacemos, nada más.

no mentirse a sí mismo

Todos nos consideramos a nosotros mismos buenas personas, amorosos, inteligentes, agraciados, nobles, justos, sensibles, etc. Esto es natural, ya que la tendencia habitual del humano es tener una percepción de sí mismo, mucho mejor que la que puedan tener los demás o que la realidad muestra. Todos tenemos mejores características que los que nos rodean, sin embargo la frustración nos invade cuando existe una disparidad entre nuestra percepción y nuestra posición en el mundo. No tenemos la pareja, el trabajo, el gobierno ni el país que nos corresponde. No contamos con las suficientes oportunidades, ni con un espacio de desarrollo de acuerdo a, lo que supuestamente merecemos.

A pesar de que, tal vez, percibimos como injusta a la vida, siempre tenemos la mejor de las voluntades para tratar de alcanzar los objetivos que creemos convenientes para nuestro desarrollo y para construir nuestro mundo. Empezamos por fantasear que deseamos, que requerimos y que sería lo mejor para nosotros. Planeamos y empezamos a hablar y hablar sobre todo lo que debemos, debimos y deberemos hacer. Contamos con un discurso impecable, lógico, estructurado y hasta puede ser inspirador para los demás.

Somos tan buenos y con tantas características, que emitimos juicios rigurosos e implacables sobre la conducta de los otros. Pedimos perdón, perdonamos, pedimos justicia, prometemos ser justos, somos todo un ejemplo. Invocamos ideas religiosas, políticas, éticas y humanistas, todo lo que esté a nuestro alcance para convencer a los que nos rodean que sus ideas y sus actos no son precisamente los mejores, pero que siempre podrán contar con nuestro consejo para un mejor resultado. Pero no todo son palabras. Los humanos contamos con una herramienta infalible que acompaña a nuestro discurso, las emociones. Basta acompañar nuestras palabras con una emoción para que éstas se conviertan en un arma infalible. Basta gritar, llorar, maldecir, suspirar o callar, para que nuestro discurso cobre otra dimensión, que penetre en el interlocutor, que mueva “la conciencia” de nuestro semejante.

Pero surge una pregunta ¿Qué decimos? ¿Cuál es el mensaje? La respuesta es: No importa. ¿Pero, cómo no va importar el discurso? El lenguaje es una de las principales herramientas de comunicación con la que el Homo sapiens ha logrado consolidarse como la especie dominante del planeta y es la herramienta que le ha permitido crear civilizaciones. El lenguaje transmite nuestras ideas y nuestro sentir, sin embargo se sabe que a través del lenguaje hablado, solo transmitimos alrededor del 10% de la información. El resto de la información la transmitimos, a través de nuestras emociones y nuestra conducta. Todo lo percibimos principalmente con el sentido de la vista. Basta un ejemplo: cuando hablamos con alguien ¿A qué le damos más peso, al discurso, o a la expresión y el lenguaje corporal de nuestro interlocutor? ¿Cuántas veces no hemos dicho? ¡No te creo! ¿Por qué? Porque el discurso no es congruente con la actitud y el comportamiento. Los humanos detectamos la mentira con facilidad, sin embargo también hemos creado estrategias para mentir convincentemente, para ocultar la realidad.

Ante todo esto ¿Qué podemos hacer para acercarnos, un poco, a nuestra realidad personal? Aprender a observar los hechos. ¿Quién somos? Simplemente lo que hacemos y hemos hecho. ¿Quiénes son los demás? Lo que hacen y han hecho. Por fortuna nuestros comportamientos son más consistentes que nuestros discursos. Tendemos a repetir hábitos, conductas y a reaccionar de manera semejante ante determinadas circunstancias. Así que, veamos a nuestro alrededor. ¿Dónde estamos? ¿Qué hay? ¿Cómo vivimos? ¿En qué estado se encuentra nuestro cuerpo y nuestra salud? ¿Cómo es nuestra interacción con los otros? ¿Cómo reaccionamos y cómo reaccionan los que están a nuestro alrededor ante una crisis? Somos lo que hacemos y lo que dejamos de hacer.

La memoria de los hechos, es nuestro mejor aliado o nuestro delator. Con la memoria podemos evaluar quienes somos, basándonos en el comportamiento que hemos tenido a lo largo del tiempo. Podemos así mismo evaluar quienes son los demás.

Cuando escuchemos un discurso y creamos en él. ¿Por qué no primero hacemos una pausa y observemos de quien proviene? ¿Qué ha hecho ese individuo? ¿Qué conducta lo caracteriza a lo largo de su vida? Y, tal vez así, nos encontraremos un paso fuera de la mentira y un paso dentro de la realidad.