¿Quién habla, quién escucha?



¿Quién habla, quién escucha?


Ya ha transcurrido una semana después de las marchas de protesta por la violencia en México. También ya se planean nuevas marchas para realizarse en próximas fechas. Durante las marchas se han escuchado gritos de protestas, lamentaciones e improperios contra lo que consideramos injusto y lacerante. Pero nuevamente pregunto ¿Qué tan efectivo es este mecanismo de lucha? ¿Qué impacto puede tener para inducir cambios en la esfera del poder? A lo largo de la historia de México, tenemos testimonio de que tan efectivas son.

El pueblo mexicano tiene una larga historia de opresión. Hemos aprendido a vivir en medio de un sistema que oprime y no da. Podemos hacer un recorrido histórico desde los pueblos indígenas precolombinos, hasta el día de hoy.

En un ejercicio de imaginación podríamos tratar de pensar en cuanta gente, a lo largo de nuestra historia, gritó ¡Estamos hasta la Madre! Ciertamente no es un grito de lucha nuevo e inédito. Pensemos en ¿Cuántos gritos de, ¡Estamos hasta la Madre!, ocurrieron entre el millón de personas que murieron durante la revolución mexicana? ¿Cuántos gritos se dieron en la guerra cristera? ¿Cuántos en el 68, en el 72, en las elecciones, en el día a día? ¿Cuántos de nosotros gritamos cuando somos vejados, secuestrados, robados, engañados, reprimidos en nuestra vida diaria, y no necesariamente por la autoridad, sino por nuestro prójimo mexicano? Vivimos inmersos, movidos y alimentados por un sistema de corrupción, donde nadie deja pasar la menor oportunidad para “transar”. Donde nos persignamos si tenemos “la suerte” de encontrarnos una cartera llena de billetes aunque contenga una identificación.

No es justo todo lo que nos ocurre. Tampoco es justo que todos nos comportemos así. La naturaleza nos brinda las mejores enseñanzas, donde todo se reduce a una mediación de fuerzas. Si se da una lucha entre dos individuos, la lucha se inicia siempre que no exista una disparidad de fuerzas, de otra forma la lucha es totalmente infructífera y mortal. Cuando un enemigo no representa un peligro, es ignorado. Y cuando un enemigo es incomodo, se le puede tolerar siempre y cuando se obtenga algo de él. Pregunto ¿Tenemos la fuerza para combatir a nuestros enemigos o adversarios? Pregunto ¿Podemos gritar ¡Ya basta!, ¡Estamos hasta la Madre!, ¡Si no pueden renuncien!, o cualquier otro “folclorismo”, si no contamos con la fuerza para luchar? Todos somos parte de un sistema lubricado por la corrupción, donde la única diferencia entre nosotros es, cuanta fuerza tienen cada grupo y con cuanto alimento cuentan en su estómago.

La única forma que la naturaleza y la propia historia de la humanidad nos han enseñado para luchar es equiparar las fuerzas, y esa es una responsabilidad totalmente individual; empecemos cada uno nuestro cambio interno, saliéndonos de la mediocridad, de la corrupción y de la mentira.

Platón explicó la ceguera de la naturaleza humana en el Mito de la Caverna, refiriéndose a la muerte de Sócrates. Cito el mito (tomado de Wikipedia) para ilustrar en lo que nos podemos convertir, en una fuerza autodestructiva, y para ilustrar si en medio de la ceguera humana tiene alguna utilidad gritar ¡Estamos hasta la Madre!


Mito de la caverna

Platón describió en su alegoría de la caverna un espacio cavernoso, en el cual se encuentran un grupo de hombres, prisioneros desde su nacimiento por cadenas que les sujetan el cuello y las piernas de forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la caverna sin poder nunca girar la cabeza. Justo detrás de ellos, se encuentra un muro con un pasillo y, seguidamente y por orden de cercanía respecto de los hombres, una hoguera y la entrada de la cueva que da al exterior. Por el pasillo del muro circulan hombres portando todo tipo de objetos cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver.

Estos hombres encadenados consideran como verdad las sombras de los objetos. Debido a las circunstancias de su prisión se hallan condenados a tomar únicamente por ciertas todas y cada una de las sombras proyectadas ya que no pueden conocer nada de lo que acontece a sus espaldas.

Continúa la narración contando lo que ocurriría si uno de estos hombres fuese liberado y obligado a volverse hacia la luz de la hoguera, contemplando, de este modo, una nueva realidad. Una realidad más profunda y completa ya que ésta es causa y fundamento de la primera que está compuesta sólo de apariencias sensibles. Una vez que ha asumido el hombre esta nueva situación, es obligado nuevamente a encaminarse hacia fuera de la caverna a través de una áspera y escarpada subida, apreciando una nueva realidad exterior (hombres, árboles, lagos, astros, etc. identificados con el mundo inteligible) fundamento de las anteriores realidades, para que a continuación vuelva a ser obligado a ver directamente "el Sol y lo que le es propio", metáfora que encarna la idea de Bien. La alegoría acaba al hacer entrar, de nuevo, al prisionero al interior de la caverna para "liberar" a sus antiguos compañeros de cadenas, lo que haría que éstos se rieran de él. El motivo de la burla sería afirmar que sus ojos se han estropeado al verse ahora cegado por el paso de la claridad del Sol a la oscuridad de la cueva. Cuando este prisionero intenta desatar y hacer subir a sus antiguos compañeros hacia la luz, Platón nos dice que éstos son capaces de matarlo y que efectivamente lo harán cuando tengan la oportunidad, con lo que se entrevé una alusión al esfuerzo de Sócrates por ayudar a los hombres a llegar a la verdad y a su fracaso al ser condenado a muerte.