Un bidón lleno de vida.



decisiones


Así llegamos a este mundo, con un bidón lleno de vida destinado sólo para nosotros. Un bidón pletórico y hermético con todo el potencial, con toda la grandiosidad que la existencia nos puede brindar. Es un bidón que nos hermana, que nos iguala, que nos da a todos la misma oportunidad.

El tiempo empieza a mellar, a abrir resquicios, a agitar nuestro bidón. Y empieza la lucha por cuidarlo, por defenderlo, empieza la lucha por no perder lo que nos ha pertenecido desde siempre. El tiempo trata de robar nuestro bidón, trata de elevarlo, de arrancarlo de nuestras manos como un globo que se eleva atraído por el espacio sideral, como si le perteneciera a él y no a nosotros. Y por primera vez, descubrimos que el bidón no es nuestro, que es efímero y que el tiempo, con sus hábiles maniobras, nos lo puede arrebatar.

El tiempo es sigiloso y acomete súbitamente, no da tregua y nos sorprende como advirtiendo ¡Es hora de luchar! No tenemos opción, no es momento de treguas, no hay más espacio que nuestro ser. Y nos encontramos a la deriva en un vasto mar de aguas nacidas de nuestras emociones. En un instante creemos que no hay salida, nos encontramos solos, cubiertos con las ropas de nuestra historia, con el hambre del presente, con la esperanza de nuestros sueños y la rabia de nuestra frustración.

El tiempo agita nuestros mares en tempestades que nos derriban, nos abofetean, nos descomponen, nos confunden. Nos aprisiona el estómago y nos secuestra la mente. Nos seca el espíritu y drena nuestras esperanzas. La turbulencia busca arrancarnos toda fe.

Las noches se vuelven inclementes con el arma punzante del silencio. El tiempo transita despacio, suspendido, como no queriendo avanzar, cada segundo es una vida y cada vida es revivir la amenaza de nuestras pérdidas. La noche nos ilumina o nos atrapa. La noche nos regala sueños de paz o insomnios que nos aprisionan entre muros. Podemos crear nubes que nos ayuden a estofar nuestros temores, nuestros miedos. Creamos nubes que franqueen el horizonte y nos dibujen las esperanzas que el tiempo nuevamente se llevará.

Sin más, descubrimos que en un instante se decide todo, nos abandonamos y en un suspiro soltamos nuestro bidón, o luchamos hasta el último aliento por no perderlo. La lucha será inclemente, la lucha será dolorosa, pero la lucha logrará despertarnos del letargo para apoderarnos de nuestra libertad. La libertad y el orgullo que nos da nuestro bidón, que nos da la defensa de lo que es vital, de lo que nunca debimos de dejar de valorar, de lo que siempre nos ha pertenecido, de lo que nos dará la felicidad.

El tiempo nos enseña a dominar, a domesticar, a aceptar nuestra esencia, esa es nuestra misión. El tiempo nos enseña a vigilar lo importante y a dispersar el humo que solo trae hollín. En la lucha, descubrimos distintas versiones de nosotros mismos que nos mueven a la par. Nos acelera el alma quién queremos ser y nos oprime lo que somos. No existe una verdad única, pero la turbulencia de los hechos, de la vida diaria, nos arrastra, nos golpea y nos deja como si no existiera más fuerza para luchar. El tiempo nos deja siempre su enseñanza dorada. Nuestra estructura es una, no estamos divididos, no estamos fragmentados, pero nuestra mente nos divide, nos ponen en la dualidad: ¿Qué deseo, qué sufro? No podemos dejar de sufrir, no podemos dejar de soñar, pero tampoco podemos dejar de luchar por lo que es importante, por lo que es real, por lo que nos regalará más bidones para avanzar a cada tramo.

No podemos dejar de luchar, ya que esa fuerza será capaz de crear más bidones llenos de vida por los cuales otro tendrá que luchar.