Vivir bastándose a sí mismo.

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Un principio básico de la existencia humana debería de ser, como lo postuló Sócrates: bastarse a sí mismo.

El estado vibrante de bastarse a sí mismo, nos podría llevar a un punto de independencia y satisfacción tal, que por fuerza cubriría a los que nos rodean. Bastarse a sí mismo es un estado que resuena en nuestro actuar, construyendo realidades a partir de ilusiones solidas y concretas. Bastarse a sí mismo, sería un estado en donde todo nuestro conocimiento sobre la vida debería ser obtenido de la realidad, sin interpretaciones. Bastarse a sí mismo contempla al ser integro que no le teme a la lucha por lo importante, a la lucha por lo deseado, a la lucha por descubrirse y conquistar lo no experimentado, lo no conocido.

Dar el ser a lo que no lo tiene, es altruismo auto infringido, si logramos reconocer que partes de nosotros están secas, que partes de nosotros no alcanzan a emerger. Todos somos mosaicos vivientes donde cada ángulo, cada circunstancia, devela una imagen distinta de nuestro ser. Nuestra tarea es destinar todos nuestros recursos para una construcción mental que nos lleve a conformar una imagen integra de nosotros y de los que nos rodean. Observar, aprender, digerir toda acción, sentimiento y pensamiento de nuestro ser es un derecho y obligación que tenemos en nuestras propias manos. Adelantarnos al tiempo y a la experiencia conociendo nuestra integridad personal, nos ayudará a descubrir lo básico de nuestro espíritu. Es muy difícil ocultar el esplendor del árbol lleno de vida, de salud, de firmeza. Dar el ser a lo que no lo tiene, detonará el tamaño de la verdad que somos y desterrará la mentira que nos oculta.

Un mundo pleno requiere de un aprendizaje basado en observar, para actuar con prontitud y certeza. Observar nos genera todas las preguntas para saber cómo responder. En su momento, la observación constante y dirigida nos mostrará que: ¡Hay que esperar todo de nosotros mismos!, y ¡Hay mucho que esperar! La práctica de la observación sobre líneas maestras nos enseña que nadie tiene el monopolio de la verdad. La auto observación nos muestra quién somos, en qué nos estamos convirtiendo y en qué dirección nos dirigimos. Movernos entre las marañas de la incertidumbre, entre las sombras de la ceguera y entre soberbia de nuestra ignorancia, es agotar nuestro combustible y solo crea una simulación de lo que vivimos y de lo que somos. El preguntarnos sinceramente ¿Qué puedo yo ofrecerme a mí mismo y a los otros? Solo será una liberación auténtica cuando trascienda los hechos del presente, cuando trascienda los valores individuales; cuando trascienda las pasiones y las habilidades de lo que nos creemos capaces y de lo que el límite de nuestros miedos nos han marcado como destino.

La observación de qué hago, de cómo lo hago, de qué hacen los otros y cómo lo hacen, es la misión de un verdadero servidor de almas, que entiende la trascendencia del conocimiento del otro. La experiencia nos da herramientas ante circunstancia y experiencias difíciles, pero observar las necesidades del otro, de inmediato nos mueve a entender cómo hay que actuar. El observar el mosaico que conforma a nuestro ser, nos conecta con el mosaico de los que están cercanos a nosotros. Todos tenemos capacidades a partir de las cuales crear cosas nuevas, solo debemos entender cómo usarlas, cuándo usarlas y con quién usarlas.

Entender de qué se trata la vida, es partir del principio de bastarnos a nosotros mismos para emprender cualquier travesía, es atreverse a luchar por todo lo que deseamos, lo que nos llena, sin espacio al titubeo, sin espacio a la culpa, sin espacio al dolor. Entender de qué se trata la vida, puede ser pretencioso cuando millones han vivido existencias a su modo y en su dimensión. Entender de qué se trata la vida solo es entender qué hay que observar, aprender y completar, para no perder la esperanza ante el infortunio, ante el límite del dolor. Entender de qué se trata la vida, solo es tener un atisbo de sí mismo a cada instante; es no dejar que la monotonía de la urgencia efímera nos nuble y nos llene de falsas imágenes; es no permitir que enjambres de emociones nos distraigan del qué hice hoy, del qué sentí hoy.

La desgracia nos alcanza cuando se está rodeado de intenciones sin atrevernos a realizarlas. La desgracia nos alcanza al ir viajando entre corrientes indescifrables, que nos arrastran sin comprender su naturaleza. De nada sirven las luchas internas si van teñidas de sangre, de nada sirven los logros minúsculos si consumieron parte de nuestro ser. Perder un apéndice en una lucha por migajas, no es ganar batallas. Las luchas no se miden por las distancias que recorremos para alejarnos de nuestros miedos. Las luchas no se ganan por el dolor infringido. Las luchas no se ganan por el ya no querer ser, por el ya no volver a ser, por el ahora no será más. Las luchas con muerte prematura, no tienen sentido y solo nos despiertan entre respiros temporales y precarios. Las luchas con olvidos no son luchas, son amnesias que nunca construirán al propio ser. La desgracia nos alcanza cuando nada nos ha dejado enseñanza, cuando nada nos ha enseñado quién somos, cuando nada nos ha mostrado qué tenemos, qué damos y qué podemos ser.

Vivir bastándose a sí mismo es recrear cada instante de vida para aprender y sentir. Vivir bastándose a sí mismo es compartir el corazón para crear cosas más grandes. Vivir bastándose a sí mismo es ser vida para más vida y amor para más amor.